Es el final del año, ¿Y ahora aué?
Llegamos a esos días donde el calendario empieza a pesar un poco más. Diciembre nos mira de frente y, casi sin pedir permiso, nos invita a hacer balance: lo que logramos, lo que quedó en pausa y esos deseos que vienen viajando desde fiestas anteriores.
Pero si hoy estás acá, leyendo estas líneas, es porque hay algo en vos que quiere transformarse. Quizás mejorar tu relación con tu cuerpo, recuperar bienestar, ganar fuerza o simplemente sentirte más conectada con lo que necesitás.
Y eso no se logra solo “mirando clases”, sino habitando tu cuerpo de otra manera, creando hábitos que te sostengan todos los días.
A veces necesitamos una chispa que nos mueva. Por eso quiero compartirte la mía.
Era diciembre. Mi beba tenía apenas tres meses. Vivíamos en un departamento chiquito en plena ciudad. Lactancia a demanda, pañales, siestas cortitas, ella a upa todo el día.
Mi pareja se iba a las 8 AM y volvía doce horas después, agotado.
Lo que empezó como una rutina tierna se volvió, poco a poco, un ciclo solitario y agotador.
Extrañaba muchísimo moverme. Tenía miedo de que al hacer ejercicio bajara la leche. Sentía culpa por dejarla un rato. Y las pérdidas de orina al saltar… me habían dicho que era “normal” después del embarazo, pero algo en mí sabía que ese “normal” tenía otra historia para contar.
Y el deseo… ese directamente se había apagado.
Un día, entre búsquedas y desvelos, encontré a mujeres de otras partes del mundo hablando exactamente de lo que yo vivía: incontinencia, pospartos reales, cuerpos cambiados, culpas silenciosas.
Me golpeó fuerte. En toda mi formación como profe de Educación Física y kinesióloga, casi no habíamos hablado de estas transformaciones. Era un tema relegado, como si el único objetivo fuera “vernos bien”.
Y aún así, con todo el caos, con toda la incertidumbre… decidí empezar.
Me anoté a una clase de yoga suave un sábado. Me costó. Me sentí rígida, desconectada, frágil.
Pero también me sentí viva.
Después empecé con clases online mientras mi hija dormía la siesta o jugaba a mi lado. Ese pequeño espacio abrió una puerta enorme: me animé a inscribirme en una formación semipresencial en Uroginecología. Leí autores, investigué nuevas metodologías, exploré el ámbito digital, algo totalmente nuevo para mí, que venía de trabajar siempre en instituciones presenciales.
Ese pequeño gesto, ese primer paso dado en diciembre, cambió mi historia.
Años después entendí que también podía acompañar a transformar la historia de muchas otras mujeres.
Todo cambio profundo empieza así: con un primer paso.
No importa si es diciembre, marzo o un miércoles cualquiera.
Si sentís ese llamado interno —aunque sea chiquito—, escuchalo. Tu cuerpo siempre sabe.