Hay palabras japonesas que me gustan porque dicen en una sola expresión algo que a nosotras nos lleva años entender.
Ginko es el paseo que hacen los poetas para encontrar inspiración, pero en realidad no salen a buscar nada, salen a caminar y a dejar que el entorno les hable hasta que algo se acomoda solo.
Iyasareru es esa sensación de alivio que aparece cuando hacés algo tan simple como apoyar los pies en el pasto o sentir el sol en la cara, y sin darte cuenta tu respiración baja y tu cuerpo deja de defenderse.
Koromogae es el ritual de cambiar la ropa del armario cuando cambia la estación, aceptando que el clima ya no es el mismo y que no tiene sentido seguir usando lo que fue útil hace meses.
Y mientras pensaba en estas tres palabras, pensé en vos.
En esa mujer que sostiene su casa, su negocio, su familia, sus responsabilidades, que organiza vacaciones, agenda actividades, escucha audiolibros de superación, y que al mismo tiempo siente que su cuerpo le está pidiendo algo distinto.
A veces el cuerpo no necesita más exigencia, necesita ginko: salir del piloto automático y empezar a observar qué está pasando de verdad.
A veces no necesita más fuerza, necesita iyasareru: bajar el sistema nervioso, respirar más profundo, dejar que el abdomen deje de empujar y que el piso pélvico deje de sostener de más.
Y a veces necesita koromogae: aceptar que ya no estás en la etapa de antes, que tu energía cambió, que tu historia cambió, y que tu forma de entrenar también tiene que cambiar.
El trabajo individual no es una clase más.
Es un espacio para observar como en el ginko, para regular como en el iyasareru y para decidir conscientemente qué guardar y qué incorporar como en el koromogae.
No se trata de hacer más.
Se trata de entender mejor.
Porque cuando entendés tu cuerpo, deja de ser un problema y empieza a ser una herramienta.
Y eso cambia todo.